Tiempos de hipnosis electrónica

      Rolando Araya Monge

      Un hijo le dice a su madre, en un fingido arrebato, que si algún día él viviera pegado a aparatos y alimentándose solo de líquidos, que lo desconectara de todo. La madre entendió bien, y de inmediato le desconectó el televisor, la computadora, el celular, el ipod y el DVD, y además, le botó las cervezas y el "guaro". Una alegoría para describir la hipnosis electrónica de estos tiempos. En efecto, andamos como sonámbulos.   Conversamos, comemos, leemos, pero nuestra mente está en otro lado. La vida real no es la interacción con otros seres humanos, ni la satisfacción de necesidades cotidianas.

      La vida real está en las pantallas, donde bulle una realidad virtual que termina poseyendo la mente incauta de desprevenidos espectadores. Aún los problemas sociales más severos pasan a segundo plano. Nada llega a existir, así sea un terremoto, una guerra, lo que sea, si no sale en la televisión. Civilización del espectáculo. Hace unos días, "Provocaciones Irreverentes" publicó una conferencia de Mario Vargas Llosa, con quien cada vez me reconcilio más, pronunciada en Madrid, el año pasado, sobre lo que él llama la civilización del espectáculo. En ella describe la experiencia subyugante de los medios masivos, y comenta cómo, alrededor del espectáculo, se ha producido una banalización de la cultura, una trivialización de la vida, una mediocridad intelectual que conduce a una degeneración de la política y de la vida social.

      Cuenta que la revista Hola, un engendro del periodismo español para divulgar cuanta simpleza hagan las familias reales y los famosos del jet set, ahora es traducida en cinco idiomas y también cautiva lectores hasta en las tierras de Shakespeare. Comenta que éste es uno de los símbolos de la liviandad de la cultura, en la cual, ahora, el cómico es el rey, y es posible ver actores como Reagan o Schwarzenegger en los puestos políticos más altos de la mayor potencia mundial. Y también sostiene que muchos se sienten tan cultos en una ópera de Wagner, como en una función del Cirque du Soleil, o bien, leyendo a Coelho como a Joyce.

      Y así, la versión revolucionaria y guerrillera de la civilización del espectáculo sería el Subcomandante Marcos, un remedo ridículo de un Che Guevara mediático, apenas para reírse de los espantapájaros de todo el mundo que llegaron a verlo, como si se tratara de Zapata resucitado Todo esto es producto de un orden que ha convertido en mercancía el conocimiento milenario, las tradiciones, la religión, el paisaje y hasta la espiritualidad se vende en forma de tiliches de toda clase. La gente anda huyendo de sí misma, e igual se refugia en drogas y alcohol, para encontrar alivio inmediato.

      Pocos son capaces de quedarse consigo mismos, sin hacer nada más que percibir, o sentir. No se soporta ni un instante de inactividad. Al sentirse consigo mismos, millones de personas corren a encender los aparatos. Se ha perdido la comunicación hasta entre quienes viven bajo el mismo techo. Ni siquiera la otrora activa pulpería de pueblo reúne a la gente a conversar, y hasta los bares ponen un televisor en cada esquina para rematar la inconsciencia.

      En las zonas urbanas, los vecinos no se relacionan, no se hablan, no cooperan, solo se encuentran en el Súper o en el Mall. Muchos llegan del trabajo y una vez que encienden el televisor, la vida real se acabó, o bien, regresan a la que viven como real. Allí, la novela o los bailes y cantos por un sueño, sean de calidad o no, se convierten en la realidad. Ambiente de cinismo. Podría ser esta la causa de la expresión -porta'mí-, creada por nuestro recordado Lucho Ramírez, hace casi treinta años y que solemos repetir muchos para describir este ambiente de cinismo. Sí, es cierto, la vida real implica retos, decisiones.

      En esta cultura del espectáculo y de pantallas nos olvidamos de todo. Somos un actor más del desfile de fantasías. Por eso, ante las necesidades materiales y los deseos, la moral es algo de otro mundo, es para los demás. Y aunque hagamos lo que hagamos, los corruptos no son ni siquiera personas que conocemos y mucho menos nosotros mismos. Son solo los que salen en los medios ligados a algún escándalo.

      El mundo necesita una revolución espiritual, al menos una transformación mental capaz de vencer la enajenación electrónica. Quienes luchan por el cambio, quienes hablamos de revolución social y de tumbar modelos fracasados debemos darnos cuenta que hace falta una suerte de liberación cultural, para despertar a tantos seres humanos que llegan a relajarse como gatos de sofá cuando conectan sus cerebros a los aparatos que suplen la droga de la cultura del entretenimiento.

      Quizás la profundidad de la crisis actual, presente en la economía, en el clima, en la salud y en la moral, nos produzca un socollón capaz de hacernos ver la miseria humana producida por tanto espejismo que identificamos con la palabra progreso.