Ética e Ideología

      Algún tiempo después del proceso revolucionario, Stalin declaró que ya habían hecho triunfar el socialismo. Sigmund Freud se encontraba en Ginebra y cuentan que al iniciar una conferencia comentó: "Los rusos dicen que ya hicieron triunfar el socialismo al haber derrotado a la burguesía, pero yo ahora les pregunto, ¿cómo van a hacer para derrotar al egoísmo?"

      Ciertamente, sin lograr una transformación más profunda en la ética, en la cosmovisión, cualquier cambio, así proceda de una revolución, es efímero. La facilidad con que los rusos dejaron atrás 70 años de uno de los procesos más profundos de la historia, revela que el orden socialista se había establecido en las instituciones, las leyes o por la fuerza, pero no había llegado a reinar en el alma de su gente.

      Ha pasado el tiempo y el derrumbe del comunismo dio más ímpetu a la contrarrevolución friedmanista que puso potentes pistones al neoliberalismo. Ahora son los ejecutivos de las empresas y la mayor parte de los políticos del planeta quienes deben dar cuenta de la agonía del capitalismo financiero, de la crisis económica y sus terribles efectos sociales. Estamos viendo cosas increíbles y como consecuencia de la estatización de bancos y de parte de la industria automotriz, Newsweek coloca en portada un título que dice: "Ahora todos somos socialistas". El mundo pone proa hacia un nuevo rumbo.

      Hoy es más explicable que los defensores del capitalismo salvaje no admitan su posición ideológica y no deseen llamarse derechistas o neoliberales. Eso no es nuevo, pues, de todos modos, para ellos, solo es ideológico hablar de la pobreza. No lo es defender el libre comercio o las privatizaciones.

      Sin embargo, al contemplar los grandes dramas del momento, como la crisis económica y energética, el calentamiento global, el hambre, la guerra, el narcotráfico y otros males que amenazan hasta las naciones más exitosas, podemos reconocer que, de una u otra manera, ninguna ideología ha sido capaz de garantizar el bienestar general con armonía.

      Eso nos induce entonces a entrar en una discusión de otro orden. El hambre en el mundo no es tanto un reto político o tecnológico, como moral. El mundo de hoy evidencia hasta dónde puede llegar la indiferencia o aun la crueldad humana cuando perdemos la brújula espiritual. Conviene entonces, hacer una valoración ética del orden económico que vivimos, como la advertencia que hiciera Freud a los soviéticos.

      ¿De dónde saca la energía creadora el capitalismo? ¿De los valores fundacionales? Todo lo contrario. De manera expresa, el capitalismo se fundamenta en el egoísmo, la codicia, el consumismo y un culto a la competencia como guerra de aniquilación. Esos son los nuevos dioses de esta civilización que moldean la conducta cotidiana como un permanente esfuerzo para obtener ventaja a expensas de los demás. Dirigir al mundo a través del fundamentalismo de mercado o el capitalismo sin regulaciones conduce a la barbarie y a la autodestrucción. No es posible lograr sociedades equilibradas con igualdad y satisfacción de las necesidades básicas, siguiendo valores espurios como la codicia.

      Eso es contrario a la ética más elemental. "Trate a los demás como usted quiere que lo traten a usted mismo". "Amaos los unos a los otros", o bien, como dijo San Agustín: "Ama y haz lo que quieras". "Ama a tu prójimo como a ti mismo". Estas son reglas de oro enterradas por el cinismo materialista. La propia Declaración de la Independencia de los Estados Unidos considera sagrado el derecho a la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad. Pero nuestra conducta anda lejos de reflejar tal sabiduría. Estamos ante una inconsistencia ética que produce efectos devastadores sobre todas las sociedades humanas.

      La validez de las distintas versiones del socialismo sobre el capitalismo no nace tanto de teorías sobre la historia, como de su superioridad ética. En realidad, no es posible esperar que se superen problemas como la pobreza, la violencia y la destrucción ambiental sin una ética social que sustituya el egoísmo individualista. Hablar contra la corrupción es arar en el desierto si el valor de la honradez es aplastado por el delirio consumista y la obsesión por poseer más, como las virtudes supremas del sistema. Ni la tecnología creada por la llamada libre competencia, ni la atracción del bienestar material de las minorías ricas, pueden sustituir los valores espirituales milenarios como los generadores del verdadero progreso de la civilización.

      Más que nuevas teorías políticas, la humanidad encara el desafío de su propia transformación, de lograr una verdadera restauración ética. Es preciso reconstruir la cohesión social sobre la base de volver a valores más auténticos, amor al prójimo, dicho así, en el lenguaje más arraigado, y de ahí: solidaridad, comunidad, igualdad, cuidado, familia, educación, responsabilidad y otros. Así, se puede crear una nueva conciencia social y ecológica, poner en marcha mecanismos para lograr la mejor distribución del ingreso, alcanzar la paz y liberar al ser humano del miedo al sufrimiento y las privaciones.

      Los inmensos problemas que ahora afronta el mundo superan al poder económico, la tecnología y a la razón misma. Las grandes obras de la música y las artes, los grandes descubrimientos y las enseñanzas más profundas han salido del espíritu humano, como saldrá también la visión de una nueva civilización. Ante el tamaño de los problemas y la pequeñez de nuestras capacidades, lo que hace falta es un salto en la conciencia, una verdadera revolución en el ámbito del espíritu humano.

      Rolando Araya Monge